Azabache
Azabache El día siguiente, Joe fue al establo para aprender todo lo posible antes de la partida de James. Aprendió a barrer el establo, a llevarnos paja y heno, y empezó a limpiar los arneses y a lavar el carruaje. Como su escasa estatura le impedía cuidar de Bravía y de mí, James le enseñó con Patas Alegres, puesto que, bajo las órdenes de John, iba a tener a su cargo al pony. Era un muchacho simpático y avispado, que siempre emprendía sus labores silbando.
Al principio, Patas Alegres protestó mucho por verse manoseado por un muchacho ignorante como decía él, pero a fines de la segunda semana me dijo, confidencialmente, que, según su opinión, aquél aprendería bien.
Por fin llegó el día en que James debía abandonarnos; y alegre como solía ser, esa mañana se mostraba apesadumbrado.
—Es que dejo aquí muchas cosas —confesó a John—. A mi madre y a Betsy, a ti, a unos buenos amos, a los caballos y mi buen Patas Alegres. En mi nueva residencia no habrá nadie a quien conozca. Si no fuera porque voy a obtener un puesto más elevado, y así podré ayudar mejor a mi madre, creo que no habría podido decidirme. Me resulta difícil de veras, John.