Antonio y Cleopatra
Antonio y Cleopatra Mi risa lo descompuso y esa noche
mi risa lo recompuso y, al día siguiente,
antes de las nueve, lo emborraché y acosté
y le puse mis tocados y mis mantos
mientras yo ceñía su espada de Filipos.
Entra un MENSAJERO.
¡Ah, de Italia!
¡Mete la fértil noticia en mi oído,
estéril por tanto tiempo!
MENSAJERO
Señora, señora…
CLEOPATRA
¡Antonio ha muerto! No digas eso, infame,
o matarás a tu ama. Mas di que está
bien y libre, y aquí tienes oro y aquí,
para besar, mis venas más azules, una mano
que, temblando, han besado reyes.
MENSAJERO
Ante todo, señora, está bien.
CLEOPATRA
Pues toma más oro. Pero, oye:
también se dice que los muertos están bien.
Si es eso, el oro que te doy lo fundiré
y lo echaré por tu maléfica garganta.
MENSAJERO
Señora, escúchame.
CLEOPATRA