Antonio y Cleopatra
Antonio y Cleopatra Siempre fuiste veleidosa,
mas, cuando nos embrutecemos en el vicio
—¡ah, desgracia!—, los sabios dioses nos ciegan,
nos sumen en nuestra inmundicia el claro juicio,
nos hacen adorar nuestros errores y se rÃen
de ver que vamos a la ruina pavoneándonos.
CLEOPATRA
Pero, ¿es posible?
ANTONIO
Te encontré como un resto ya pasado
en el plato de Julio César; fuiste las sobras
de Gneo Pompeyo; más cuantas horas ardientes
escogiera tu lascivia y al rumor
del pueblo no le constan. Pues, sin duda,
aunque adivinas lo que sea la continencia,
tú no la conoces.
CLEOPATRA
¿A qué viene esto?
ANTONIO
¡Permitir que un tipo que recibe dádivas
y dice «Dios te lo premie» se tome
confianzas con mi amiga, tu mano, sello regio
y prenda de nobles corazones! ¡Asà estuviera
yo en el monte de Basán para rugir
más que los cornúpetas![48] Salvaje motivo tengo,