El Mercader de Venecia
El Mercader de Venecia Amigo Esteban, entra en la casa
a anunciar que tu amo ya se acerca
y di a los músicos que salgan.
[Sale ESTEBAN.]
¡Qué apacible reposa la luna en esta loma!
Sentémonos aquí, y que la música
nos acaricie los oídos. La calma suave
y la noche convienen a las dulces melodías.
Siéntate, Yésica. Mira cómo está engastado
el firmamento de claras patenas de oro.
En su giro, la más pequeña esfera
canta como un ángel, uniéndose a las voces
de tantos querubines de ojos vivos.
Así es la armonía del alma inmortal,
pero envuelta en esta caduca
vestidura de barro no la oímos[54].
[Entran los músicos.]
Venid. Despertad a Diana con un himno.
Con vuestros dulces acordes llegad
al oído del ama y atraedla con música.
Suena la música.
YÉSICA
Nunca estoy alegre oyendo una música dulce.
LORENZO
Porque tienes ocupados los sentidos.
Observa un rebaño indómito y salvaje
o una manada de potros aún sin desbravar,