El Mercader de Venecia
El Mercader de Venecia saltando locamente, bufando y relinchando,
como es propio de la sangre que les bulle.
Si oyen un toque de trompeta
o llega a sus oídos una melodía,
verás cómo todos se paran al instante
y se aquieta su briosa mirada
con el grato poder de la música.
Por eso fingió el poeta que Orfeo
movía los árboles, las piedras y los ríos[55].
Pues nada hay tan robusto, duro ni violento
que no cambie por efecto de la música.
El hombre sin música en el alma,
insensible a la armonía de dulces sonidos,
solo sirve para intrigas, traiciones y rapiñas.
Sus impulsos son más turbios que la noche
y sus propósitos, más oscuros que el Erebo[56].
No te fíes de ese hombre. Escucha la música.
Entran PORCIA y NERISA.
PORCIA
Esa luz que vemos arde en mi casa.
¡Qué lejos llegan los rayos de esa vela!
Así brilla la buena acción en un mundo cruel.
NERISA
Cuando brillaba la luna no veíamos la vela.
PORCIA
El brillo mayor oscurece al menor.
El emisario luce tanto como el rey