El Mercader de Venecia

El Mercader de Venecia

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El soplo con que enfrío la sopa

me haría tiritar si pensara en el daño

que causa una galerna en alta mar.

Viendo caer la arena del reloj

pensaría en bancos y bajíos, y vería

embarrancado a mi rico San Andrés[4],

inclinando su mástil bajo el casco

por besar su tumba. Y al ir a la iglesia

y ver el sagrado edificio de piedra,

¿cómo no pensar en rocas peligrosas,

que, con tocar de costado mi noble bajel,

dispersarían las especias por las aguas

vistiendo la mar brava con mis sedas,

y, en suma, de tanto tener

no tendría nada? ¿Cómo puedo

pensar en todo esto sin pensar

que estaría triste si ocurriera?

Vamos, vamos: sé que Antonio está triste

pensando en sus mercancías.

ANTONIO

No, de veras. En esto soy afortunado.

No he fiado mi comercio a un solo barco

ni a un mismo lugar; ni he dejado

mi hacienda a los azares de este año.

Así que las mercancías no me inquietan.

SOLANIO

Entonces estás enamorado.


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