El Rey Lear
El Rey Lear REGAN.—¿Por qué a Douvres?
EL CONDE DE GLOUCESTER.—Porque no querÃa yo ver que tus crueles uñas arrancaran sus pobres ojos negros, ni que tu digna hermana hincase en sus sagradas carnes sus colmillos de jabalÃ. ¡En esta noche horrible, infernal! ¡Recibir sobre su desnuda cabeza la más atroz tempestad que conmoverÃa en sus lechos los abismos del mar! ¡Y aún el pobre anciano exhortaba al huracán que redoblase su furor! En tan horribles horas, si a tu puerta hubiesen aullado los lobos, habrÃas exclamado: «Buen portero, echa la llave». Mas yo veré descargar sobre semejantes hijas la venganza celeste.
EL DUQUE DE CORNUALLES.—No la verás nunca. Amigos, tended ese sillón. Quiero aplastar tus ojos bajo mis pies.
Los criados mantienen a GLOUCESTER en el suelo, mientras el DUQUE le aplasta un ojo con el pie.
EL CONDE DE GLOUCESTER.—¡Oh! ¡Socórrame quien espere llegar a la vejez! ¡Cruel! ¡Dioses!
REGAN.—TodavÃa le queda uno; fuera también.
EL DUQUE DE CORNUALLES.—Si lograras ver la venganza…
UN CRIADO.—Teneos, monseñor. Os he servido desde mi tierna infancia; pero nunca os presté mayor servicio suplicándoos que os contuvieseis.
REGAN.—¿Qué dice ese perro?