El Rey Lear

El Rey Lear

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EL CONDE DE GLOUCESTER.—No he de ver ya camino alguno, ni necesito ojos; también me extraviaba como ahora cuando los tenía. Generalmente, la prosperidad nos ciega y engaña inspirándonos falsas seguridades y en cambio las privaciones vienen a ser nuestras ventajas. ¡Oh hijo mío, querido Edgardo, víctima del enojo de tu padre! ¡Logre yo vivir bastante para volverte a estrechar entre mis brazos, y verte con los ojos del tacto! ¡Ah, pareceríame entonces que recobro la vista!

EL ANCIANO.—¿Quién va?

EDGARDO.—¡Oh cielos! ¿Cómo pude decir que me hallaba en el colmo de la desdicha? Más desgraciado soy ahora que nunca.

EL ANCIANO.—¡Ah! ¡Es el pobre Tom!

EDGARDO.—Y aún puedo serlo más.

EL ANCIANO.—Dime, pobre Tom, ¿a dónde vas?

EL CONDE DE GLOUCESTER.—¿Es un mendigo?

EL ANCIANO.—Mendigo y loco a la vez.

EL CONDE DE GLOUCESTER.—Todavía conserva un destello de razón, puesto que mendiga. Durante la tempestad de la pasada noche he visto a uno de esos desdichados, y al considerarle no he visto en el hombre más que un gusano. Entonces me ha acudido el recuerdo de mi hijo, y sin embargo el odio que le profesaba, aún no estaba extinguido en mi corazón. Muchas novedades he sabido después. Los hombres somos para los dioses lo que para los niños los insectos; nos aplastan por su recreo.


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