El Rey Lear
El Rey Lear EDGARDO.—(A parte.) ¿Cómo puede haberle ocurrido tal desgracia? Muy triste papel es fingirse hombre alocado a fuerza de pesares, y afligir a los demás afligiéndose a sà propio. Dios te guarde, señor.
EL CONDE DE GLOUCESTER.—¿Es, ese desgraciado desnudo?
EL ANCIANO.—SÃ, señor.
EL CONDE DE GLOUCESTER.—Si en consideración a tu antiguo afecto quieres conducirnos a dos millas de aquÃ, camino de Douvres, préstame este servicio; pero antes ve a buscar algunas ropas con qué cubrir la desnudez de ese desdichado, y le suplicaré que me guÃe.
EL ANCIANO.—¡Ah, señor! ¡Está loco!
EL CONDE DE GLOUCESTER.—¡Desastrosos tiempos en que los locos sirven de guÃa a los ciegos! Haz lo que te mando, o mejor dicho, lo que quieras; pero, sobre todo, buen anciano, retÃrate, déjanos solos.
EL ANCIANO.—Voy a traer mi mejor capa, y vuelvo al instante. (Sale.)
EL CONDE DE GLOUCESTER.—¡Cómo, desdichado, vives desnudo!
EDGARDO.—El pobre Tom se muere de frÃo. (Aparte.) No puedo fingir más.
EL CONDE DE GLOUCESTER.—Ven, acércate.
EDGARDO.—Y sin embargo, aún debo disimular. Buen anciano, dÃgnese el cielo curar tus malogrados y sangrientos ojos.