El Rey Lear
El Rey Lear EL CONDE DE GLOUCESTER.—¿Conoces tú el camino de Douvres?
EDGARDO.—Mojón o cercado, camino real o sendero, todo lo conozco. El pobre Tom ha quedado privado de su razón. Presérvete el cielo, buen anciano, del espÃritu maligno. Cinco demonios han entrado a la vez en el cuerpo de Tom: Obidicut, el de la lujuria; Hobbididance, el prÃncipe de los mudos; Mahu, el de los ladrones; Modo, el de los asesinos, y Flibbertigibbet, el de los contorsionistas y gesteros que actualmente es dueño de las camareras y sirvientas. Con que, ¡el cielo te bendiga señor!
EL CONDE DE GLOUCESTER.—Toma este bolsillo, tú a quien todas las plagas del cielo han herido; mi infortunio labra tu felicidad. ¡Oh Dioses! Obrad también asà vosotros. Que el hombre que despreciando vuestras leyes en el seno de la superflua abundancia, ahÃto de alimentos y riquezas, no quiere atender al desgraciado porque jamás ha conocido la necesidad, sufra incesantemente el peso de vuestro poderÃo. AsÃ, en breve, una justa distribución repararÃa la desigualdad y cada hombre tendrÃa lo necesario. ¿Conoces tú Douvres?
EDGARDO.—SÃ, señor.