El Rey Lear
El Rey Lear EL GENTILHOMBRE.—Ya lo creo; pero no hasta el extremo… La paciencia y el pesar parecÃan estar luchando a quién vencerÃa a quien. ¿No visteis a veces descender de los cielos, entre los rayos del sol, lluvia rosada? Su sonrisa y sus lágrimas mezcladas recordaban un chubasco de mayo. La tierna sonrisa, errando por sus bermejos labios, parecÃa ignorar que de sus ojos brotaban lágrimas, como perlas de dos diamantes desprendidos. En una palabra: si el dolor ostentase en todos los rostros tantas gracias como en el suyo, serÃa una de las cosas más preciosas y amables.
EL CONDE DE KENT.—¿Nada preguntó?
EL GENTILHOMBRE.—SÃ; una o dos veces un suspiro ha elevado hasta sus labios el nombre de su padre, con esfuerzo y pena, cual si este nombre hubiese oprimido su corazón; ha exclamado: «¡Ah, hermanas! ¡hermanas! ¡oprobio de mi sexo! ¡ah, Kent! ¡ah, padre mÃo! ¡hermanas! ¡cómo! ¡en mitad de la noche! ¡en lo más furioso de la tempestad!». Y entonces, enjugando las lágrimas que manaban de sus celestes ojos y no pudiendo contener el grito de su dolor, ha corrido a encerrarse en su habitación.
EL CONDE DE KENT.—SÃ, la influencia de los astros, de esos astros del cielo, rige nuestra suerte y decide los caracteres; si asà no fuera, una pareja de esposos semejantes no podrÃa engendrar hijos de tan distinta naturaleza. ¿Volvisteis a hablarle?