El Rey Lear

El Rey Lear

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EL GENTILHOMBRE.—No.

EL CONDE DE KENT.—¿Había partido ya el rey cuando le disteis la carta?

EL GENTILHOMBRE.—Sí.

EL CONDE DE KENT.—Muy bien. El desdichado Lear está en la villa. Durante los rápidos momentos en que su razón reaparece, conoce a cuantos le rodean; mas no quiere de ningún modo ver a su hija.

EL GENTILHOMBRE.—¿Por qué?

EL CONDE DE KENT.—Le domina una vergüenza insuperable; el recuerdo de la dureza con que la trató abandonándola al capricho de la suerte en una comarca extranjera y privándola de todos sus derechos para concederlos a otras hijas sin entrañas, todo ello son otros tantos dardos emponzoñados que desgarran su corazón.

EL GENTILHOMBRE.—¡Ah! ¡Pobre anciano!

EL CONDE DE KENT.—¿Tenéis algunas noticias del ejército de los duques de Albania y de Cornualles?

EL GENTILHOMBRE.—Dícese que están en marcha.

EL CONDE DE KENT.—Entonces voy a conduciros a presencia de nuestro rey Lear y os dejaré con él para que le acompañéis. Un interés poderoso me obliga a guarda algún tiempo el incógnito. Cuando me haya dado a conocer, no os arrepentiréis de las instrucciones que me habéis dado. Tened la bondad de seguirme. (Salen.)


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