El Rey Lear
El Rey Lear EL INTENDENTE.—Imposible, señora; son órdenes expresas de mi dueña.
REGAN.—Pero ¿por qué escribe a Edmundo? ¿No podrÃa encargaros verbalmente sus órdenes? Vamos, una palabra, algo, no sé qué. Mira déjame abrir esa carta.
EL INTENDENTE.—¡Oh, señora! ¡PreferirÃa…!
REGAN.—Ya sé que tu señora no ama a su esposo; estoy segura de ello. En la última visita que me hizo, dirigió a Edmundo extrañas ojeadas y miradas muy expresivas. Sé que conoces el secreto de su corazón.
EL INTENDENTE.—¿Yo, señora?
REGAN.—SÃ; ya sé lo que me digo; eres su intimo confidente; me consta; asÃ, pues, atiende lo que voy a decirte. Mi marido ha muerto. Edmundo y yo celebramos una entrevista secreta, y más me conviene a mà un marido que a tu señora. Si logras encontrarle, dale este encargo; y cuando le des cuenta a tu señora de lo que acabo de decirte, aconséjala que procure entrar en razón. Ahora, puedes partir. Y si por acaso oyes hablar de ese ciego traidor, recuerda que la fortuna colmará de dones a quien lo extermine.
EL INTENDENTE.—Quisiera poderle encontrar, señora; y entonces os probarÃa a qué partido soy adicto.
REGAN.—Adiós.