El Rey Lear

El Rey Lear

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EDGARDO.—Avanzad, señor; ya estamos en la cima. No os mováis. ¡Qué horror! ¡Da vértigos el mirar al fondo de ese abismo! En la vertiente hay un hombre suspendido, cogiendo hinojo marino. ¡Peligroso oficio! A tal distancia ese hombre parece del tamaño de un puño. Y esos pescadores que andan en la orilla, diríase que son hormigas. Quiero apartar mi vista; perdería la razón, y mis ojos deslumbrados me arrastrarían al abismo.

EL CONDE DE GLOUCESTER.—Colócame en el sitio donde te encuentres.

EDGARDO.—Dadme la mano; ya estáis a un pie del borde. Por nada del mundo quisiera yo dar un paso más.

EL CONDE DE GLOUCESTER.—Ahora, suéltame. Toma este bolsillo; dentro de él se encierra una preciosa joya que bien vale la pena que la acepte un pobre. Aléjate, despídete de mí; déjame solo.

EDGARDO.—(Fingiendo retirarse.) Adiós, mi buen señor.

EL CONDE DE GLOUCESTER.—Adiós.

EDGARDO.—¿Por qué no pongo término a su desesperación? ¡Ah!, si así obro es para curarle.


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