El Rey Lear
El Rey Lear EL CONDE DE GLOUCESTER.—¡Dioses poderosos! ¡Renuncio a este mundo libertándome, sin pesar, de la carga de mi horrible infortunio! Si pudiese sobrellevarlo por más tiempo, sin exponerme a murmurar contra vuestros santos e insuperables decretos, dejarÃa extinguir hasta el fin el resto de la antorcha de mi existencia. Si Edgardo vive aún, colmadle de favores; bendecidle; que sea feliz.
Salta y cae tendido en la llanura.
EDGARDO.—Ignoro por qué capricho extraño puede el hombre robarse a sà propio el tesoro de la vida, cuando la vida, por sà misma, a cada instante corre a entregarse a la muerte. Si se encontrara donde pensaba estar, muerto serÃa actualmente. ¿Estáis muerto o vivo? ¡Hola, amigo! ¿No me oÃs? Hablad. Posible serÃa que estuviese muerto; mas no, vuelve en sÃ. ¡Hola! ¿Quién sois?
EL CONDE DE GLOUCESTER.—Vete de aquà ¡Déjame morir en paz!
EDGARDO.—Si no hubieses sido tan ligero como la pluma, el plumón o el aire, te habrÃas estrellado como un vidrio, cayendo de altura. Di, ¿estás herido? Diez mástiles atados uno al extremo del otro no alcanzarÃan a la cima desde donde caÃste a pico. Tu vida es un milagro; habla, pues.
EL CONDE DE GLOUCESTER.—Pero ¿he caÃdo o no?