El Rey Lear
El Rey Lear EDGARDO.—De la espantable cima de la montaña. Alza los ojos contempla esa altura donde la alondra no serÃa percibida, ni oÃda, a pesar de su aguda voz. Mira hacia arriba.
EL CONDE DE GLOUCESTER.—¡Ah! ¡No tengo ojos! ¡AsÃ, el desdichado ni aun tiene el recurso de poner término a sus males con la muerte, burlando la rabia del tirano que le oprime!
EDGARDO.—Dadme el brazo; vamos levantaos. Bueno. ¿Cómo os encontráis? ¿Podéis valeros de las piernas?
EL CONDE DE GLOUCESTER.—Demasiado.
EDGARDO.—¡Milagro singular! Decidme ¿quién era el que estaba con vos en la cima de la montaña y le vi separarse de vuestro lado?
EL CONDE DE GLOUCESTER.—Un pobre y desdichado mendigo.
EDGARDO.—Mientras le contemplaba desde aquÃ, surgÃan de su frente rayos enlazados, pareciendo ondular como la mar agitada por el viento; sin duda, era un buen genio. AsÃ, venturoso anciano, ten la seguridad de que tus dÃas han sido salvados por los dioses.
EL CONDE DE GLOUCESTER.—En efecto, ahora lo recuerdo. En adelante sobrellevaré mi aflicción, hasta que por sà misma grite: ¡no más, no más, muere! Ese espÃritu del que me hablas, yo lo creÃa un hombre; él no cesaba de repetir: el espÃritu, el espÃritu, y él mismo me condujo a la cima.