El Rey Lear
El Rey Lear EL CONDE DE KENT.—Caiga sobre mÃ; aun cuando su punta me atraviese el corazón. Kent no olvida las conveniencias cuando su rey delira. Anciano ¿qué pretendes? ¿esperas que el miedo imponga silencio al deber, cuando, seducido por vanas palabras, inmolas tu poder a la lisonja? El honor debe la verdad a los reyes, cuando la majestad cae en demencia. Guarda tu soberanÃa. Enmienda, con más maduro juicio, tu monstruosa imprudencia. Te aseguro, bajo mi fe, que tu hija menor no es la que menos te ama; un timbre de voz tÃmido y modesto no es, ordinariamente, eco de un corazón vacÃo e insensible.
LEAR.—Kent, por tu vida, no prosigas.
EL CONDE DE KENT.—Nunca estimé mi vida sino como una prenda consignada por ti contra tus enemigos, ni nunca temeré perderla cuando en ello se interese tu seguridad.
LEAR.—¡Aparta de mi vista!
EL CONDE DE KENT.—Reflexiónalo bien, Lear; sufre en tu presencia a un hombre veraz.
LEAR.—¡Por Apolo!
EL CONDE DE KENT.—¡Por Apolo, ah rey! ¡En vano juras por tus dioses! (LEAR echando mano a la espada.) ¡Vasallo! ¡Infiel!
LOS DUQUES DE CORNUALLES Y DE ALBANIA.—¡Deteneos, señor!