El Rey Lear

El Rey Lear

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EDGARDO.—Socorriéndole, señor. Oíd un breve relato, y cuando termine… ¡Corte el dolor el hilo de mis días! Para escapar a la sangrienta proscripción que amenazaba perentoriamente mi cabeza, ocurrióseme disfrazarme de mendigo. Vestido, pues, de andrajos, encontré a mi padre, cuyas heridas aún sangraban a consecuencia de su inicua mutilación. Híceme su lazarillo. Por él mendigué, esforzándome tanto en consolarle, que le salvé de la desesperación. En lo que obré muy mal, fue no descubriéndome. Sólo hace media hora que me reconoció cuando me armé, no en la certeza, sino en la esperanza de esta victoria. Le pedí su bendición y le referí en todos sus detalles mi vida errante. Mas ¡ay!, su corazón ya no tenía fuerzas para soportar la súbita transición de la tristeza a la alegría, y oprimido entre el choque de estas dos pasiones extensas, se rompió, sonriente.

EDMUNDO.—Vuestra relación me ha conmovido, y quizá produzca algún bien. Seguid, seguid; parece que aún tenéis algo que decirnos.

EL DUQUE DE ALBANIA.—¡Ah! Si debéis añadir algún relato más desgarrador que el primero, cesad; sólo con lo que he oído, desfallezco.



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