El Rey Lear
El Rey Lear EDGARDO.—¿Quién, con lo dicho, no se creerÃa en el colmo del infortunio? Sin embargo, hay hombres que gustan ver el incremento de los dolores ajenos, que no se hartan de desgracias y que anhelan más, hasta ver el fondo del abismo de la humana miseria. Mientras exhalaba yo mi dolor entre gritos, surge un hombre que me habÃa visto antes en mi estado de miseria y oprobio, y huÃa entonces, de mi odiosa compañÃa; pero después, reconociendo quién era el que tamaños horrores habÃa soportado, lánzase a mi cuello, me estrecha entre sus brazos y exhala alaridos capaces de conmover las celestes bóvedas, y en seguida precipitándose sobre el cadáver de mi padre, nárrame de Lear y de sà propio, la historia más trágica que nunca escuchó el oÃdo humano. Con su relato crecÃa su dolor hasta el extremo que los resortes de la vida comenzaban a romperse… Ha sonado la trompeta por vez segunda, y le he abandonado en ese estado angustioso, entre la vida y la muerte.
EL DUQUE DE ALBANIA.—¿Quién era ese hombre?
EDGARDO.—Kent, señor, el bravo Kent. Kent, quien proscrito y disfrazado habÃa ido siguiendo los pasos del rey, su enemigo, y se habÃa consagrado a servirle con una sumisión que un esclavo hubiera rechazado.
Entra precipitado un GENTILHOMBRE con un puñal en la mano.
EL GENTILHOMBRE.— ¡Socorro!
EDGARDO.—¿Qué ocurre?