El Rey Lear

El Rey Lear

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EL DUQUE DE ALBANIA.—Habla, habla, amigo.

EDGARDO.—¿Qué significa ese puñal sangriento?

EL GENTILHOMBRE.—Aún está tibio; aún echa humo; sale del corazón… ¡Ah! Está muerta.

EL DUQUE DE ALBANIA.—¿Quién, muerta? Explícate.

EL GENTILHOMBRE.—Vuestra esposa, señor, vuestra esposa; y también su hermana Regan acaba de expirar, envenenada por ella. Así lo han confesado los labios de Goneril.

EDMUNDO.—Prometido estaba yo a una y otra; ya estamos casados los tres.

EL DUQUE DE ALBANIA.—Traigan sus cuerpos, muertos o vivos.

Traen los cadáveres de GONERIL y de REGAN.

Ese juicio del cielo nos aterra, aunque sin inspirarnos el menor sentimiento de piedad.

EDGARDO.—Aquí está el conde de Kent, señor.

EL DUQUE DE ALBANIA.—¡Ah! ¿Es él? Las circunstancias no permiten las formalidades de costumbre.

EL CONDE DE KENT.—Vengo, a despedirme de mi rey. ¿No está aquí?

EL DUQUE DE ALBANIA.—¡Ah! Hemos olvidado lo más importante. Habla, Edmundo, ¿dónde está el rey, dónde Cordelia? ¿Ves este espectáculo, conde?

EL CONDE DE KENT.—¡Ah! ¿Y por qué causa?

EDMUNDO.—Porque Edmundo era amado. Una envenenó a la otra por amor a mí, y después se ha matado.


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