El Rey Lear
El Rey Lear LEAR.—¡Ah! ¡ah! ¡ah! ¿Son de mármol vuestros corazones y de hierro vuestros ojos? ¡Si yo tuviese vuestras voces, romperÃa con mis gritos la bóveda celeste! ¡La he perdido para siempre! ¡Oh, ya sé distinguir si una persona está viva o muerta! Miradla: ¡Insensible como la tierra! Dadme un espejo ¡ah!, si su aliento lo empaña, aún vivirá.
EL CONDE DE KENT.—¿Era éste el éxito prometido a nuestra esperanza?
LEAR.—Esta pluma se agita. ¡Ah! ¡Vive! ¡Oh! Si vive, esta felicidad compensa todos mis pesares.
EL CONDE DE KENT.—(De rodillas.) ¡Ah, mi buen señor!
LEAR.—Aléjate; te lo suplico.
EDGARDO.—Es el noble Kent, vuestro amigo.
LEAR.—¡Malditos seáis, traidores, asesinos! Yo hubiera podido salvarla; ahora, muerta está para siempre. ¡Cordelia! ¡Cordelia! Espera un momento; ¡ah!, ¿qué dices? ¡Era su voz tan dulce tan graciosa, tan modesta! Adornábanla todas las cualidades de una mujer perfecta. He matado al esclavo que le quitó la vida.
EL GENTILHOMBRE.—Verdad es, señores; lo ha tendido a sus pies.