El Rey Lear
El Rey Lear LEAR.—¿No es cierto, amigo? Se me ha representado aquel tiempo en que los hubiera derribado a todos al filo de mi espada. Mas yo soy viejo y tantas desventuras acaban de abatirme. ¿Quién sois? Mis ojos no son mejores; os lo digo con franqueza.
EL CONDE DE KENT.—Si la fortuna se jacta de haber prodigado sus favores y su odio a dos hombres, a vuestra vista está uno de ellos.
LEAR.—¿Sois, acaso, el conde de Kent?
EL CONDE DE KENT.—SÃ, señor, vuestro fiel Kent. ¿Dónde está vuestro sirviente Cayo?
LEAR.—¡Ah! Os aseguro que era un buen muchacho; sabÃa defender a su señor, y descargar un golpe rápido. SÃ, ha muerto, y sus cenizas descansan bajo tierra.
EL CONDE DE KENT.—No, mi buen señor; soy yo mismo.
LEAR.—Pronto he de convencerme.
EL CONDE DE KENT.—Yo soy quien, desde el principio de vuestras desdichas, voy siguiendo vuestros tristes pasos.
LEAR.—Bienvenido seáis.
EL CONDE DE KENT.—Yo era, yo. Reina aquà el duelo y la desolación; todo presenta la imagen de la muerte; vuestras hijas mayores se han destruido a sà propias; han muerto desesperadas.
LEAR.—Asà lo creo.