El Rey Lear

El Rey Lear

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EL DUQUE DE ALBANIA.—No se da exacta cuenta de lo que dice; en vano nos ofrecemos a sus ojos.

EDGARDO.—¡Ah! En vano, sí.

Entra un MENSAJERO.

EL MENSAJERO.—Monseñor, Edmundo ha muerto.

EL DUQUE DE ALBANIA.—¡Poco importa! Vosotros, señores y nobles amigos, oíd nuestras intenciones. Cuanto podamos hacer para reparar tantos desastres, lo haremos. Mientras viva el rey, suyo será el poder absoluto. A vos, Edgardo, os devuelvo todos vuestros derechos añadiéndoles los nuevos honores y mercedes que habéis sabido conquistar. Todos nuestros amigos recibirán la recompensa de sus virtudes y nuestros enemigos beberán la amarga copa debida a su malignidad. ¡Ah!, ¡mirad, mirad!

LEAR.—¡También estrangulado mi pobre servidor! No, no; no más vida. ¡Cómo! El más vil de los reptiles goza la vida en nuestros hogares, ¿y tú no vivirás, no volverás nunca, nunca…? Desatad este nudo, por favor… Mil gracias, Vedla, vedla; mirad sus labios; ¡Mirad, mirad! (Muere.)

EDGARDO.—Se ha desmayado. ¡Monseñor, monseñor!

EL CONDE DE KENT.—¡Estalla, corazón mío, estalla, yo te lo mando!

EDGARDO.—Monseñor, abrid los ojos.

EL CONDE DE KENT.—¡Ah, no perturbéis su sombra! ¡Dejadle morir en paz! Quererlo retener más tiempo en la rueda cruel de la vida, es odiarle.


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