El Rey Lear
El Rey Lear GONERIL.—Ya veis a cuántos caprichos se halla sujeta su vejez; de ello acaba de dar evidente prueba. Nuestra hermana menor era su predilecta, y de repente la destierra de su corazón y de su lado. Visible es la imbecilidad de su juicio.
REGAN.—Debilidades de la edad. Sin embargo, nunca se ha conocido bastante a sà propio.
GONERIL.—Los más floridos años de su existencia fueron siempre inconsecuencias y rarezas. Hemos de temer que a los inveterados defectos de su natural carácter, la edad añada los arrebatos del humor enojoso que entraña en sà la achacosa y colérica vejez.
REGAN.—No dudo que habremos de aguantar algún arranque idéntico al que le indujo a desterrar a Kent.
GONERIL.—Aún hay que llenar ceremonias, y formalidades entre el rey de Francia y él. Si nuestro padre, con el carácter que le conocemos, quiere retener la autoridad, la donación que acaba de hacernos será para nosotras manantial de afrentas.
REGAN.—Pensaremos en ello maduramente.
GONERIL.—Hay que tomar algunas medidas y aprovechar estos primeros momentos de ardor. (Salen.)