El Rey Lear
El Rey Lear EL CONDE DE GLOUCESTER.—¡Desterrado Kent! ¡Y el rey de Francia abandonando esta corte lleno de rencor! ¡Y Lear partiendo esta noche! ¡Su autoridad enajenada y él reducido al vano aparato de la dignidad real! ¡Todo trastrocado y en desorden! ¡Ah, Edmundo! ¿Qué hay de nuevo?
EDMUNDO.—(Ocultando la carta.) Nada absolutamente, señor.
EL CONDE DE GLOUCESTER.—¿Por qué tanto ahÃnco en ocultar esa carta?
EDMUNDO.—No tal, señor.
EL CONDE DE GLOUCESTER.—¿Qué dice ese escrito?
EDMUNDO.—Nada, señor, nada.
EL CONDE DE GLOUCESTER.—¿Dices que nada? Entonces, ¿a qué ocultarlo con tal prisa? Si nada dice, excusado era esconderlo. Veamos. Y si en realidad es nada, no necesitaré anteojos.
EDMUNDO.—Perdonadme, señor: es una carta de mi hermano que aún no he acabado de leer, pero lo que he leÃdo basta para juzgarla indigna de que fijéis en ella vuestra vista.
EL CONDE DE GLOUCESTER.—Venga esa carta.
EDMUNDO.—Tengo la seguridad de desagradaros tanto si me niego a dárosla, como si os la entrego. Su contenido, en cuanto he podido apreciar por lo leÃdo, es muy censurable.
EL CONDE DE GLOUCESTER.—Veamos, veamos.