El Rey Lear

El Rey Lear

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EDMUNDO.—Inclínome a creer, en justificación de mi hermano, que sólo ha escrito esta carta para sondear, para poner a prueba mí virtud.

EL CONDE DE GLOUCESTER.—(Leyendo.) «El respeto a los ancianos, y las leyes extravagantes establecidas por el mundo, envenenan los más preciosos años de nuestra vida, mantienen nuestra fortuna alejada de nuestras manos, reteniéndola hasta el ocaso de la existencia, cuando ya no tenemos facultades para gozar de ella. Empiezo a cansarme de esa necia y enojosa servidumbre que nos subyuga a la opresión de la vejez tiránica, cuyo imperio se funda, no en su potencia, sino en nuestra tolerante bajeza. Ven a encontrarme y te diré algo más. Si mi padre quisiera dormir hasta que yo le despertare, gozarías para siempre de la mitad de sus rentas y serías el favorito predilecto de tu hermano Edgardo». ¡Hem! ¡Una conspiración! Dormir hasta que yo le despertase, gozarías de la mitad de sus rentas… ¿Ha podido encontrar mi hijo Edgardo una mano que estas líneas trazara y un corazón que las dictase? ¿Cuándo has recibido esta carta? ¿Quién te la entregó?

EDMUNDO.—No me la han entregado; la hallé al pie de la ventana de mi cuarto.

EL CONDE DE GLOUCESTER.—¿Estás seguro de que es el carácter de letra de tu hermano?


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