El Rey Lear
El Rey Lear EDMUNDO.—Si su texto respirase bondad, me atreverÃa a jurar que es letra suya; pero, en vista de su contenido, quisiera poder creer que no lo es.
EL CONDE DE GLOUCESTER.—¿Es suya esta letra?
EDMUNDO.—Sà señor, de su mano prolija; mas espero que su corazón no tomó parte en lo escrito.
EL CONDE DE GLOUCESTER.—¿Te sondeó alguna vez con respecto a estas miras?
EDMUNDO.—Jamás, señor. Sólo sà le he oÃdo decir, a veces, que serÃa muy puesto en razón que cuando los hijos han llegado a edad madura y sus padres comienzan a declinar, que el padre viniese a ser pupilo de su hijo y éste administrador de los bienes del padre.
EL CONDE DE GLOUCESTER.—¡Malvado! Es el sistema que expone en su carta. ¡Infame! ¡Hijo sin entrañas! ¡Criatura execrable! ¡Bestia feroz, sÃ, más feroz que las bestias salvajes! Ve a buscarle, Edmundo; quiero asegurarme de su persona. ¡Abominable monstruo! ¿Dónde estará?