El Rey Lear

El Rey Lear

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LEAR.—¿Es posible, señor? ¡Atiéndeme, oh naturaleza! ¡Atiéndeme, cara divinidad! Suspende tus designios, si acaso te proponías hacer fecunda a esta criatura. Infunde en sus flancos la esterilidad, deseca en ella los orígenes de la vida y que jamás salga de su seno desnaturalizado un hijo que te honre con el nombre de madre. O si algo ha de producir, forma a su hijo con negro humor y haz que nazca contrahecho y perverso, para suplicio de su madre, y que imprima en su frente las arrugas prematuras de la vejez y que haga derramar sin tregua, amargo llanto surcando sus marchitas mejillas con rastros de fuego y que todos sus beneficios los pague con el desprecio, a fin de que su madre pueda comprender que el diente ponzoñoso de la sierpe es menos desgarrador, menos cruel que el dolor de tener un hijo ingrato. ¡Ea! ¡Partamos, partamos!

(Sale.)

EL DUQUE DE ALBANIA.—Pero, en nombre del cielo, ¿de qué viene ese enojo?

GONERIL.—No os inquiete el saberlo; dejad campo libre a su humor, y que siga el curso que le da la demencia.

Vuelve LEAR.

LEAR.—¡Cómo! ¡Cincuenta de mis caballeros suprimidos a la vez en menos de quince días!

EL DUQUE DE ALBANIA.—Pero ¿qué motivo, señor…?


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