El Rey Lear
El Rey Lear Patio del Palacio del Duque de Albania
Entran LEAR, el CONDE de KENT y el BUFÓN.
LEAR.—Parte al momento y lleva esta carta a Gloucester. Nada le digas a mi hija de cuanto acaba de ocurrir aquÃ, ni contestes a sus preguntas hasta que haya leÃdo mi carta. Si no te das prisa, llegaré antes que tú.
EL CONDE DE KENT.—No descansaré hasta haber entregado vuestra carta. (Sale.)
EL BUFÓN.—Si un hombre tuviese en sus talones el cerebro ¿no correrÃa peligro de tener sabañones?
LEAR.—Sà hijo mÃo.
EL BUFÓN.—En tal caso, consuélate; tu talento no carecerá de calzado.
LEAR.—¡Jah! ¡jah!
EL BUFÓN.—Vas a ver cómo tu segunda hija te acoge con bondad; pues aun cuando se parece a ésta como una manzana silvestre a otra de jardÃn, puedo decirte… lo que decirte puedo.
LEAR.—¿Y qué puedes tú decir… hijo mÃo?
EL BUFÓN.—Tendrá el mismo sabor que ésta, como una manzana se parece a otra… ¿SabrÃas decirme, tÃo, por qué la nariz está colocada en medio de la cara?
LEAR.—No.
EL BUFÓN.—¿No? Pues sabe que es con objeto de tener un ojo a cada lado de la nariz, a fin de que el hombre pueda juzgar por los ojos lo que no puede juzgar por la nariz.