El Rey Lear
El Rey Lear Nuestro padre te hace vigilar; huye de este castillo; le han indicado tu escondrijo; aprovéchate de la oscuridad de la noche. ¿No has hablado aún con el duque de Cornualles? Pronto llegará aquÃ, en compañÃa de su esposa. ¿Nada te ha dicho de su enemistad contra el de Albania? Procura hacer memoria.
EDGARDO.—Ni una palabra, estoy seguro.
EDMUNDO.—Padre llega; oigo su voz. Es preciso fingir que nos estamos batiendo. ¡Saca tu espada! asÃ; haz como si te defendieses. ¡RÃndete ahora! ¡Ven ante nuestro padre! ¡Hola, luces! Huye, hermano mÃo. ¡Antorchas! ¡Antorchas! (Sale EDGARDO.)
Bueno; ¡adiós! Si me hiciese un poco de sangre, lograrÃa persuadirles de que acabo de sostener un combate terrible. (Se hiere el brazo.) A borrachos he visto yo hacerse mayor daño en broma. ¡Padre, padre mÃo! ¡Detenedle! ¡Detenedle! ¡Cómo! ¡Nadie me socorre!
Entran el conde de GLOUCESTER y varios criados con antorchas.
EL CONDE DE GLOUCESTER.—¿Qué ocurre, Edmundo? ¿Dónde está ese malvado?
EDMUNDO.—Aquà estaba oculto en las tinieblas, espada en mano, murmurando no sé qué palabras mágicas, e invocando a la luna como divinidad tutelar.
EL CONDE DE GLOUCESTER.—¿Pero dónde está?
EDMUNDO.—Ved, señor, cómo brota mi sangre.