El Rey Lear
El Rey Lear EL CONDE DE GLOUCESTER.—¿Dónde se halla ese desventurado, Edmundo?
EDMUNDO.—Ha huido por este lado, viendo que no podÃa lograr…
EL CONDE DE GLOUCESTER.—¡Corred en su persecución! ¡Traedlo acá! DecÃas que no podÃa lograr…
EDMUNDO.—Inducirme a que le secundara en el asesinato de vuestra señorÃa. Yo le hablaba de los dioses vengadores que fulminan sus rayos sobre la frente de los parricidas; de los potentes lazos con que la naturaleza une los hijos con los padres. En una palabra, señor: viéndome rechazar con horror los inicuos proyectos de su desalmado corazón, se ha lanzado de improviso sobre mÃ, espada en mano, hiriéndome el brazo, antes que yo pensara en defenderme. Y cuando ha visto despertar mi furor, y tal vez azorado por mis gritos, ha emprendido la fuga.
EL CONDE DE GLOUCESTER.—En vano intenta huir; no saldrá del reino sin verse arrestado, y entonces ¡ay de él! El duque, mi dueño, mi digno y supremo protector, llega esta misma noche. Por su autoridad haré que se proscriba la cabeza del réprobo. Quien logre descubrir a ese cobarde asesino y traerlo al pie del cadalso, cuente con mi gratitud; y el que lo ocultase, con la muerte.