El Rey Lear

El Rey Lear

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EDMUNDO.—He procurado hacerle desistir de su propósito, pero en vano. Le he maldecido, amenazándole con descubrirlo todo. «¡Miserable bastardo! me ha dicho, ¿imaginas tú, que si yo quisiere desmentirte tu mérito, tu probidad y tu virtud darían crédito a tu acusación? Por más fiel que fuese el retrato que de mí trazaras, bastaríame decir que mientes para hacer que recayesen sobre tu cabeza los proyectos y el crimen que me imputases. Menester fuera que cegaras los ojos del mundo entero, para que no viese que el interés que tienes en mi muerte, era sobrada y decisiva razón para atentar contra mi vida».

EL CONDE DE GLOUCESTER.—¡Singular y consumado bribón! ¡Cómo! ¿Atreverse a desmentir a su propia sangre? No; de tal hijo no soy padre. Oye; esa trompeta anuncia la llegada del duque. Ignoro la causa de su venida. Mandaré cerrar todas las puertas. No logrará escapar el desdichado. Enviaré sus señas a todas partes; quiero que todo el reino le conozca. Y a ti, mi leal y verdadero hijo, voy a tomar mis disposiciones para legitimarte.

Entran el DUQUE de CORNUALLES, REGAN y séquito.

EL DUQUE DE CORNUALLES.—¿Qué ocurre mi noble amigo? ¡Apenas acabo de entrar en este castillo cuando llegan a mis oídos extrañas noticias!

REGAN.—Si fuesen ciertas, no hay suplicio bastante para castigar al culpable; y vos, ¿cómo seguís monseñor?


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