El Rey Lear

El Rey Lear

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EL CONDE DE GLOUCESTER.—¡Tened lástima de mi vejez, señora! ¡Mi corazón está roto, quebrantado!

REGAN.—¡Cómo! ¡El ahijado de padre atenta contra vuestros días!

EL CONDE DE GLOUCESTER.—¡Ah señora, me avergüenzo al decirlo! ¡Hubiera debido sepultar en el silencio tamaña villanía!

REGAN.—¿No figuraba entre ese tropel de libertinos que componen el séquito de mi padre?

EL CONDE DE GLOUCESTER.—Lo ignoro, señora… ¡Ah! ¡Cuánta, cuanta maldad!

EDMUNDO.—Sí, señora; entre ellos figuraba.

REGAN.—Entonces ya no me sorprende su perversidad. Esos disolutos habrán puesto en su mano el puñal contra un anciano, para anticiparse el goce de sus rentas. Esta tarde he recibido noticias de mi hermana enterándome de su conducta, y he tomado mis medidas. Si vienen a alojarse en mi casa, no me encontrarán.

EL DUQUE DE CORNUALLES.—Ni a mí tampoco, Regan; te lo aseguro. He sabido, Edmundo, que acabáis de probar a vuestro padre que en vos tiene un hijo.

EDMUNDO.—Es mi deber, señor.

EL CONDE DE GLOUCESTER.—Sí; ha desconcertado los proyectos de ese miserable, y hasta ha quedado herido al intentar apoderarse de su persona.

EL DUQUE DE CORNUALLES.—¿Ha salido gente en su persecución?


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