El Rey Lear
El Rey Lear EL INTENDENTE.—¿Y quién diablos eres tú, para abrumar de injurias a quien no te conoce más de lo que le conoces tú?
EL CONDE DE KENT.—¡Descarado galopÃn! ¡Atreverse a decir que no me conoce! Hace dos dÃas que te derribé y zurré de lo lindo en presencia del rey. Mano a la espada, bribón. Es de noche, pero brilla la luna. Quiero verla a través de tu cuerpo. Desenvaina, vil bastardo; ¡ea, espada en mano! (Saca su espada.)
EL INTENDENTE.—Déjame, nada tengo que ver contigo.
EL CONDE DE KENT.—¡Desenvaina, miserable! ¡Ah! ¡Con que vienes provisto de cartas contra el rey! Te declaras campeón insolente de una vana mujerzuela contra la autoridad de su padre. ¡Ea, traidor, mano a la espada o te aniquilo! ¡Espada en mano, bribón; defiéndete!
EL INTENDENTE.—¡Socorro! ¡Favor! ¡Al asesino!
EL CONDE DE KENT.—(Golpeándole.) ¡Defiéndete, cobarde! ¡Ea, bribón, defiéndete!
EL INTENDENTE.—¡Favor! ¡Al asesino! ¡Socorro!
Entran EDMUNDO, el DUQUE de CORNUALLES, REGAN, el CONDE de GLOUCESTER y séquito.
EDMUNDO.—¿Qué es eso? ¿Qué ocurre? Separaos.
EL CONDE DE KENT.—Si os agrada el juego, mi joven señor, estoy a vuestras órdenes; poneos en guardia.
EL CONDE DE GLOUCESTER.—¡Cómo! ¡Espadas! ¡Armas! ¿Qué significa…?