El Rey Lear
El Rey Lear EL CONDE DE KENT.—El ver una espada en la mano de un hombre sin honor. Esos bribones se parecen a las ratas que infestan nuestros templos; cuando no pueden desatar los lazos más sagrados, los roen y los desgarran con sacrÃlegos dientes; lisonjean las pasiones rebeldes a la razón, que surgen en el seno de sus amos; dan pasto a la llama, aumentando el incendio; su lengua voluble obedece al capricho de su dueño, como la veleta cambia y gira al menor soplo del aire. Como el perro, no tienen más sustento que arrastrarse y seguir. ¡Confúndate el infierno, con tu rostro convulsivo! ¿Te mofas de mi discurso, tomándome por loco? Imbécil avechucho, si te encontrase en la llanura de Sarum te obligarÃa a correr ante mÃ, graznando, hasta el pantano de Camelot[2].
EL DUQUE DE CORNUALLES.—¿Has perdido acaso la razón, buen anciano?
EL CONDE DE GLOUCESTER.—Veamos; ¿qué es lo que ha dado origen a vuestra querella?
EL CONDE DE KENT.—Menos antipatÃa hay entre el fuego y el agua, que entre ese bribón y yo.
EL DUQUE DE CORNUALLES.—¿Por qué le aplicas ese calificativo? ¿Qué crimen cometió?
EL CONDE DE KENT.—Su figura me desagrada.
EL DUQUE DE CORNUALLES.—Quizá tampoco te agrade la mÃa, la del conde, ni la de la duquesa.