El Rey Lear
El Rey Lear EL CONDE DE KENT.—Señor, mi distintivo es la franqueza. He visto en mis tiempos, sobre otros hombros, cabezas mejores que las que tengo actualmente a la vista.
EL DUQUE DE CORNUALLES.—Sin duda este viejo es un rustico, que adulado alguna vez por su brutal ingenuidad, afectó desde entonces un tono de insolente franqueza, y nos muestra una fisonomÃa que su interior desmiente. «No sabe lisonjear, es un hombre honrado, franco, no sabe mentir». Si la verdad es acogida benévolamente, tanto mejor; si no agrada, siempre le queda el mérito de ser veraz. ¡Ah! conozco algunos de esos bribones que, bajo una exterioridad de franqueza y hombrÃa de bien, ocultan un alma más artificiosa y corrompida que veinte cortesanos juntos, consumados en el arte de la polÃtica y de la lisonja.
EL CONDE DE KENT.—Señor, en buena fe y pura verdad, salvo el respeto que debo a vuestra grandeza, cuya presencia, como los fuegos que coronan la frente radiante de Febo[3]…
EL DUQUE DE CORNUALLES.—¿Qué significa eso?
EL CONDE DE KENT.—Es para variar de estilo, ya que el mÃo os desagrada tanto. No, no soy adulador, pero el que os engañó por medio de un discurso lleno de franqueza, en apariencia, era un malvado bribón, lo cual nunca seré yo, aunque hubiese de incurrir en vuestro desagrado.