El Rey Lear

El Rey Lear

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REGAN.—En menos os tengo aún.

EL DUQUE DE CORNUALLES.—El carácter de ese pícaro es fidelísimo trasunto de la descripción que nos da vuestra hermana. ¡Ea, los cepos! (Los traen.)

EL CONDE DE GLOUCESTER.—Permitid que me atreva a disuadiros de ese propósito. Grande es sin duda su falta, y el rey su señor sabrá castigarla muy distintamente, pues la pena vil que le preparáis queda reservada a las bajezas y a los pequeños crímenes de las gentes sin ley y sin fe. El rey se ofenderá al verse así insultado y vilipendiado en la persona de su mensajero, y nunca os perdonará el haberle puesto en el cepo.

EL DUQUE DE CORNUALLES.—Ésa es cuenta mía.

REGAN.—¿Y mi hermana no tiene menos derecho de resentirse al ver a su honrado agente insultado, maltratado, por ejecutar fielmente sus órdenes? ¡Ea, ligadle las piernas! Vamos, mi buen señor.

Ponen a KENT en el cepo. Salen REGAN y el DUQUE de CORNUALLES.

EL CONDE DE GLOUCESTER.—Lo siento por ti, mi buen amigo; pero es orden del duque, y sabido es que nadie puede eludirla ni oponerse a ella; mas intercederé por ti.

EL CONDE DE KENT.—No lo hagáis, os lo ruego. He velado largas horas y estoy rendido de fatiga; veré de dormir un rato y después mataré el tiempo cantando. Adiós, señor.


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