El Rey Lear

El Rey Lear

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LEAR.—¡Rayos veloces, fulminad con vuestras llamas aquellos ojos donde vi brillar el desprecio! ¡Marchitad su belleza, pestíferos vapores, que el potente sol aspira del fondo de los pantanos, y ennegreced aquellos atractivos que constituyen su orgullo!

REGAN.—¡Oh dioses! ¡No vayáis a maldecirme también en esos arranques de furor!

LEAR.—No, Regan; jamás caerá sobre ti mi maldición; tu alma, que nació dulce y tierna, no se abandonará jamás a la dureza. Los ojos de tu hermana son feroces; el dulce brillar de los tuyos da consuelo. No, en tu corazón no entra el estorbar mis placeres, el cercenarme una parte de mí séquito, el injuriarme con insolentes frases, ni el mutilar mi grandeza. Tú no correrás los cerrojos a la llegada de tu padre. Tú conoces mejor los deberes de la naturaleza, las obligaciones de los hijos, los procedimientos de la humanidad, de la honradez, de la gratitud.

REGAN.—Al grano, señor, al grano.

Óyense trompetas a lo lejos.

LEAR.—¿Quién ha castigado a mi mensajero con el cepo?

Entra el INTENDENTE.

EL DUQUE DE CORNUALLES.—¿Qué anuncia esa trompeta?


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