El Rey Lear

El Rey Lear

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ESCENA I

Claro en un bosque. Noche tempestuosa.

Entran el CONDE de KENT y un GENTILHOMBRE por distintos lados.

EL CONDE DE KENT.—¿Quién anda por aquí sin temor a la tempestad?

EL GENTILHOMBRE.—Un hombre cuyo corazón encierra una tempestad mayor.

EL CONDE DE KENT.—¡Ah, os reconozco! ¿Dónde está el rey?

EL GENTILHOMBRE.—Disputando con furor contra los elementos. Manda a los vientos que se agiten, levantando las olas del océano, hasta tragarse la tierra, a fin de que la naturaleza cambie o se aniquile. Arranca sus nevados cabellos, que el impetuoso aquilón arrebata y dispersa sin piedad en los aires. En esta noche terrible, en que la osa exhausta de leche permanece en su cueva con sus hambrientos hijuelos, en que los leones y los lobos, a pesar del hambre, sólo procuran ponerse al abrigo de la tempestad, el rey, corriendo de uno a otro lado, descubierta la cabeza, pretende que su mezquina existencia desafía al granizo y a los desencadenados vientos, y reta a grandes gritos al destino y a la destrucción.

EL CONDE DE KENT.—¿Y quién le acompaña?

EL GENTILHOMBRE.—Nadie más que su bufón, que con sus chanzonetas intenta calmar el dolor de las injurias que despedazan su alma.


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