El Rey Lear
El Rey Lear EL CONDE DE KENT.—Sé que sois hombre honrado, y me atrevo a confiaros un encargo de alto valor. Hay desavenencias entre el duque de Albania y el de Cornualles. Aun cuando sus odios se ocultan todavÃa bajo el velo del disimulo, tienen servidores que, haciendo alarde de fidelidad, sirven de espÃas al rey de Francia, informándole de cuanto ocurre en nuestro paÃs. De resultas, una armada francesa acaba de caer sobre nuestra dividida nación. Ya los enemigos, sacando provecho de nuestra negligencia, se han procurado un desembarque secreto en nuestros mejores puertos y se disponen a desplegar ostensiblemente sus banderas. OÃd ahora mi encargo: si he sabido inspiraros alguna confianza volad a Douvres; allà encontraréis a una persona que os dará señaladas pruebas de agradecimiento cuando oiga el relato fiel de las atroces injurias y de los inicuos pesares con que se tortura a nuestro rey. Para demostraros que soy algo más de lo que mi traje anuncia, tomad esta bolsa. Si veis a Cordelia (y no dudo que la veréis) enseñadle esta sortija, y ella os dirá quién es el hombre que aún no conocéis. ¡Fatal tempestad! ¡Corro en busca del rey!
EL GENTILHOMBRE.—Tomad mi mano. ¿Habéis de encargarme algo más?
EL CONDE DE KENT.—Una palabra todavÃa, y es la más importante. Seguid este sendero, mientras yo tomo aquél. El primero de nosotros que encuentre al rey, avisará al otro dando un grito. (Salen.)