El Rey Lear

El Rey Lear

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LEAR.—Agota tus flancos, huracán, derramando tus torrentes de lluvia y fuego; vientos, trueno tempestad, no sois vosotros mis hijas: elementos furiosos no os acuso de ingratitud. No os he dado un reino; no sois hijas mías, ni me debéis obediencia. Descargad, pues, sobre mí todo el furor de vuestros crueles fuegos; soy vuestro esclavo sumiso, pobre y débil anciano abrumado bajo el peso de los achaques y el desprecio, y sin embargo, tengo el derecho de llamaros cobardes ministros, que os aliáis con dos hijas perversas, declarándome la guerra desde las alturas, eligiendo por meta de vuestros horribles combates mi vieja cabeza cubierta de blancos cabellos. ¡Oh, sí! ¡Vergonzosa cobardía!

Entra el CONDE de KENT.

No digo más; he de ser modelo de paciencia.

EL CONDE DE KENT.—¿Quién va allá?

EL BUFÓN.—Un mendigo y un rey; un loco y un cuerdo.

EL CONDE DE KENT.—¡Cómo! ¡Vos aquí, señor! Desde que soy hombre, no recuerdo haber visto semejantes surcos de fuego, ni oído truenos semejantes entre el horrible choque de la lluvia y de los rugientes vientos. La naturaleza del hombre es demasiado débil para soportar la violencia de este huracán y de tantos azotes a la vez.


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