El Rey Lear

El Rey Lear

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LEAR.—¡Sepan los potentes dioses distinguir y herir a sus verdaderos enemigos! ¡Tiembla, desventurado, que guardas en tu seno crímenes ignorados e impunes! ¡Ocúltate sanguinaria mano del asesino! ¡Huye, perjuro, y tú, hipócrita, que bajo la máscara de la virtud, cometes el incesto! ¡Tiembla, malvado, que bajo un velo de humanidad y benevolencia atentaste contra la vida del hombre! ¡Y vosotros, crímenes escondidos a toda mirada, rasgad el velo que os cubre y pedid perdón a los terribles heraldos de la justicia divina! En cuanto a mí, más males que he cometido.

EL CONDE DE KENT.—¡Ah, señor! ¡Cómo! ¿Desnuda la cabeza? Mi buen señor; aquí cerca hay una cabaña. Tal vez su dueño os la preste contra la tempestad. Entra a descansar mientras yo vuelvo al encuentro de esa familia más dura que la piedra, de que está formado su castillo.

LEAR.—Mi espíritu comienza a perturbarse. Ven, hijo mío, ¿cómo te encuentras? estás muriéndote de frío, y yo estoy helado. ¿Dónde está esa paja, buen muchacho? ¡A qué extremos nos reduce la necesidad! ¡cuánto precio da a lo que antes estimábamos vil! Ea, vamos, vamos a esa choza. ¡Pobre bufón, pobre chico! ¡Aún hay en mi corazón una fibra que padece por ti! (Salen.)


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