El Rey Lear

El Rey Lear

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EL CONDE DE KENT.—Entrad, mi buen señor.

LEAR.—Entra tú, si quieres, y procura abrigarte. Esa tempestad me libra de otras ideas que me harían más daño que ella. ¡No importa! Entremos. (Al BUFÓN.) Pasa tú delante, hijo mío. ¡Oh, indigencia sin asilo! ¡Vamos, entra! Voy a orar al cielo, y después dormiré. (El BUFÓN entra.) ¡Pobres desheredados, donde quiera que os halléis, aguantando todo el furor de esta implacable tempestad! ¿Cómo pueden resistirla vuestras cabezas sin abrigo y vuestros miembros mal cubiertos de andrajos y extenuados por el hambre? ¡Ah! ¡Mucho olvidé vuestras necesidades! Lujo devorador, ve ahí tu remedio: exponte a sufrir lo que los desheredados sufren y aprenderás a despojarte de lo superfluo de tus bienes, repartiéndolo entre los pobres y alcanzando perdones del cielo.

EDGARDO.—(Desde dentro.) ¡Una braza y media! ¡Una braza y media! ¡Pobre Tom!

EL BUFÓN.—(Saliendo precipitadamente.) No entres, tío; hay fantasma. ¡Socorro! ¡Socorro!

EL CONDE DE KENT.—Dame tu mano. ¿Quién va allá?

EL BUFÓN.—¡Una fantasma, os repito, y dice que se llama pobre Tom!

EL CONDE DE KENT.—¿Quién eres tú, que así ruges sobre la paja? Sal de ahí.

Entra EDGARDO, disfrazado grotescamente.


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