El Rey Lear

El Rey Lear

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EDGARDO.—¡Vete! ¡El demonio negro me persigue! ¡A través de los espinosos matorrales sopla la punzante brisa! ¡Corre a tu cama y caliéntate!

LEAR.—¿Lo diste todo a tus hijas? ¿A tal extremo te redujiste?

EDGARDO.—¿Quién quiere dar limosna al pobre Tom, que el negro espíritu ha paseado a través de fuegos y llamas, de ríos y abismos, de lagos y barrancos, llenando de cuchillos sus almohadas, de cuerdas sus sillas y de ponzoña sus alimentos, insuflando la temeridad en su corazón y haciéndole franquear altísimas vallas, galopando en impetuoso corcel? ¡Guarde Dios a los cinco sentidos de la naturaleza! ¡Tom se muere de frío!, ¡oh!, ¡oh!, ¡oh!, ¡oh! ¡Presérvete el cielo de huracanes, de astros malignos y de sortilegios! ¡Una limosna al pobre Tom, torturado por el negro espíritu! ¡Ah! ¡Si pudiese cogerle aquí, si pudiese cogerle allí, y después acá, y después acullá! (La tempestad redobla.)

LEAR.—¡Cómo! ¡A tal extremidad te redujeron tus hijas! ¿No supiste conservar nada para ti? ¿Se lo diste todo?

EL BUFÓN.—No tal; se reservó prudentemente un abrigo.

LEAR.—¡Pues bien! ¡Caigan sobre tus hijas todas las plagas que el ocaso tiene suspendidas en las alturas!


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