El Rey Lear
El Rey Lear EDGARDO.—Yo era un criado henchido de orgullo; rizaba mis cabellos y ostentaba en el sombrero los guantes de mi señora, prestándome a sus amorosos ardores y cometiendo el acto de las tinieblas. ProferÃa tantos juramentos como palabras, y era perjuro a la faz del paciente cielo. DormÃame fatigado de disoluciones, y sólo despertaba para proseguirlas. Mi pasión dominante era el vino; también me agradaba el juego, y sobrepujaba a un sátiro en amor. TenÃa falso el corazón, crédulo el oÃdo y sanguinaria la mano. En glotonerÃa era un cerdo; en la astucia, zorro: en rapacidad, lobo; en agarrar la presa, león. No fÃes tu pobre corazón a la mujer, teme el dulce rozar de su traje de seda, y de su breve zapatito. Pero aún continúa soplando la aguda brisa a través de los matorrales, diciendo: suum, mun, ¡ah, no, DelfÃn, hijo mÃo, cesa, déjala pasar! (Sigue la tempestad.)