El Rey Lear
El Rey Lear LEAR.—Más te valiera estar en la tumba que aquà con tus desnudos miembros expuestos al enojado cielo. ¡Mira lo que es el hombre! ¡Reflexiónalo bien Lear! Tú no debes seda a los gusanos, lana a los carneros, perfume al gato de algalia, ni pieles a las bestias salvajes. ¡Ah! Tres estamos aquà con la razón extraviada; pero tú eres la locura misma. El hombre sin bienes de fortuna es un ser pobre, desnudo, un verdadero bruto, como tú. Ea, lejos de mÃ, vestiduras extrañas al hombre, vanos disfraces de la triste humanidad, dejadme. (Rasga sus vestiduras.)
EL BUFÓN.—Óyeme, tÃo, te ruego que te calmes; esta noche no es muy a propósito para nadar. Ahora, un poco de fuego en esta desierta planicie, se parecerÃa al corazón de un viejo disoluto, donde aún arde una ligera chispa mientras el resto del cuerpo está completamente helado. ¡Mira, mira, un fuego fatuo!
EDGARDO.—¡Ah! Es el maligno espÃritu Flibberligibel, comienza su carrera a la hora de la queda y camina hasta el primer canto del gallo; da vuelta a la tierra, corrompe las mieses y atormenta a las pobres criaturas, enturbiando su vista y dándoles catarata y convulsiones.
Entra el CONDE de GLOUCESTER, con una antorcha encendida.
LEAR.—¿Quién es ese hombre?