Enrique IV Partes I y II
Enrique IV Partes I y II de que, tras desmentir tantos infundios
que el oído del rey por fuerza debe oír
de adulones y viles cotilleros,
se me pueda perdonar por faltas ciertas
en que mi juventud desordenada
confiesa haber incurrido realmente.
REY
Dios te perdone. Con todo, Enrique,
tus aficiones me asombran, pues llevan un vuelo
muy distinto del de tus antepasados.
Perdiste rudamente tu puesto en el Consejo[39]
—es tu hermano menor el que lo ocupa—
y te has enajenado casi todo
el cariño de la corte y de los nuestros.
Las esperanzas que has hecho concebir
se han arruinado y, proféticas, las almas
de los hombres anuncian tu caída.
Si yo hubiera prodigado mi persona,
sacándola y mostrándola a las gentes,
restregándola y rozándola entre el vulgo,
la pública opinión, que me llevó al trono,
habría permanecido fiel al rey[40],
dejándome en destierro degradante
como un tipo sin nombre ni promesa.
Al no dejarme apenas ver, salía
y, como ante un cometa, todos se admiraban
y decían a sus hijos: «¡Es él!» Y otros: