Enrique IV Partes I y II
Enrique IV Partes I y II Cuando vuelva, voy a pegársela a estos jueces. A este Simple lo tengo bien calado. Señor, señor, ¡qué adictos somos los viejos a este vicio de mentir! Este flacucho de juez no ha hecho más que hablarme de su loca juventud y de sus hazañas en los bajos fondos, mintiendo al oyente cada tres palabras con más puntualidad que el que paga tributo al turco[49]. Le recuerdo en el Colegio de San Clemente como una figurilla hecha con una corteza de queso en la sobremesa. Desnudo, parecía un rábano partido, con una cabeza estrafalaria esculpida encima. Era tan delgado que, para un corto de vista, su cuerpo era invisible. Era la encarnación del hambre, [[aunque más salido que un mono, y las putas le llamaban «El mandrágora»[50] ]]. Siempre iba a retaguardia de la moda, [[y a las golfas más castigadas les cantaba las tonadas que les oía silbar a los carreteros, jurando que eran fantasías o serenatas propias]]. Y ahora esta espada de palo es un hacendado que habla de Juan de Gante con tanta confianza como si fuera su hermano jurado, cuando juro que sólo le vio una vez en un torneo, y eso porque le descalabró por mezclarse con los hombres del mariscal. Yo lo vi y le dije a Juan de Gante que le pegaba a un menguante, pues con ropa y todo cabía en la piel de una anguila. Para él la caja de un flautín era un palacio, una mansión; y ahora tiene tierras y bueyes. Bien, pues si vuelvo me haré amigo suyo, y malo será si no me lo convierto en dos piedras filosofales. Si el chanquete es cebo para el lucio, por ley natural no veo razón para no morderle. Que el tiempo decida y se acabó.