Enrique IV
Enrique IV Pero la guerra tiene su lado sórdido y nadie mejor que el antiheroico Falstaff para mostrarlo. En IV.i, el rebelde Vernon describe con gran admiración el esplendoroso ejército del rey (tanta que irrita a Hotspur), pero en la siguiente escena Falstaff confiesa haber abusado vilmente del reclutamiento. Los reclutados forman una tropa de espantajos de los que Falstaff se avergüenza y con quienes se niega a desfilar. Como éste le dice al príncipe, «son buenos para ensartarlos. ¡Carne de cañón, carne de cañón! Llenarán la fosa igual que otros mejores. ¡Bah! Son mortales, son mortales». En V.iii, Falstaff confirmará sin inmutarse que «de los ciento cincuenta no quedan ni tres vivos, y están para mendigar de por vida a las puertas del pueblo». Pero su abuso no consiste tanto en reclutar absurdamente como en dejarse sobornar por quienes pueden pagarle por librarse, una práctica denunciada en la época de Shakespeare, y que aquí opera como sátira de las corruptelas de la guerra. Falstaff se embolsa de este modo más de trescientas libras: según se ha calculado, una cantidad mayor que las ganancias de Shakespeare en un año y diez veces superior al sueldo medio anual de un maestro de la época.