Enrique IV
Enrique IV la mala fama, que me había dibujado
según las apariencias. El flujo de mi sangre
corrió con fuerza por la vida disipada,
pero ahora torna y ya revierte al mar,
donde, unida al esplendor de los océanos,
fluirá en adelante con digna majestad.
Ahora voy a reunir al parlamento
y a escoger tan nobles consejeros
que el gran cuerpo del Estado se coloque
a la altura del país mejor regido,
y la guerra, la paz, o las dos juntas
nos sean conocidas y comunes,
en lo cual, padre, tendréis voz preeminente.
Tras mi coronación convocaré,
como he dicho, a toda la nobleza
y, si el cielo bendice mis propósitos,
nunca más podrá decir noble ni príncipe:
«Dios abrevie la feliz vida de Enrique.»
Salen.